"Entonces dijo Yahveh: «No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne; que sus días sean 120 años»" (Génesis 6:3 BJ)
Antes de que Dios hiciera esta declaración los hombres podían vivir más de 900 años, pero cuando Dios observó la creciente maldad de la gente de aquel tiempo, entonces decidió que el límite de edad del hombre serían 120 años, y la razón que tenía es “porque no es más que carne”, quizá en el sentido de que los hombres se habían entregado totalmente a vivir para sus deseos carnales, hasta el punto de hacerse totalmente insensibles al Espíritu de Dios (Gálatas 5:19-21)
Es obvio que el límite de edad decretado por Dios no se produjo inmediatamente, tal como Adán no murió el mismo día que comió del fruto prohibido, a pesar de que Dios advirtió que “el día que de él comas, ciertamente morirás” (Génesis 2:17 LBLA) En ambos casos hemos de entender que lo que sí tuvo efecto inmediato fue el punto de partida de una transformación gradual en el organismo humano que culminaría con la realización total y efectiva de lo que Dios había decretado. En el caso de Adán, el mismo día que pecó pudo iniciarse el proceso que culminaría en su muerte. Probablemente el sistema regenerador de las células fue afectado para que dejara de funcionar indefinidamente, de modo que con el tiempo el cuerpo no pudiera regenerarse suficientemente, lo que significó la muerte corporal definitiva.
En el decreto de la edad máxima del hombre, Dios no pone un plazo para su cumplimiento, pero podemos entender que en ese tiempo sí comenzó el proceso para que la edad del hombre disminuyera progresivamente hasta mantenerse por debajo de los 120 años. Así, mientras que Noé aún vivió 950 años, en su hijo Sem ya se bajó notablemente la longevidad, al vivir “sólo” 600 años (Génesis 9:29; 11:10-11) Unas ocho generaciones más tarde aparece Abraham que vivió 175 y finalmente tenemos a Aarón y Moisés que vivieron 123 y 120 años respectivamente, coincidiendo con el límite de años decretado por Dios. Desde entonces, salvo muy rara excepción, el ser humano no ha superado esa edad. La novedad es que esto está siendo respaldado por recientes investigaciones científicas.
En 2016, un equipo científico de la Facultad de Medicina Albert Einstein realizó una extensa labor de investigación con datos demográficos de 40 países. Al analizar esta información constataron que “las mejoras en la supervivencia con la edad tienden a disminuir después de los 100 años, y que la edad de muerte de la persona más vieja del mundo no ha aumentado desde la década de 1990”. En palabras del Dr. Vijg, experto en envejecimiento, esto quiere decir que “hemos alcanzado el límite máximo de la longevidad humana” ¿Cuál es ese límite?
El récord de longevidad documentado en los dos últimos siglos está fijado en 122 años cuando la francesa Calment murió en 1997. Desde entonces no se sabe de nadie que haya vivido más tiempo, ni siquiera 120 años. De ahí que este caso se considere estadísticamente atípico y no se ha tenido en cuenta para establecer que la duración máxima de la vida humana más probable se encuentra en unos 115 años. Pero aún teniendo en cuenta posibles casos muy atípicos como el de Calment, calculan en 125 años como el límite absoluto de la vida humana (1).
Estas conclusiones encajan esencialmente con el decreto divino: “que sus días sean 120 años”. Se hace bastante evidente que los 120 años suponen una barrera en la edad máxima del ser humano, sobre todo al percibir la extraordinaria aproximación entre el límite bíblico de 120 años con los cálculos científicos que sitúan la edad máxima entre 115 y 125 años. (Ver NOTA)
Es asombroso como un decreto transmitido hace más de cuatro mil años es respaldado de manera objetiva ahora que se dispone de suficiente información estadística. Una razón más para fortalecer nuestra confianza en Dios y Su palabra.
Ver también: La edad máxima del hombre - 2ª parte
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[1] Información extraída del The New York Times en español
NOTA
Alguien puede objetar que el caso excepcional de Calment rompe la barrera bíblica de los 120 años. Hay un par de consideraciones al respecto. Primero no se debe ocultar que el caso Calment se ha puesto recientemente en duda por unos científicos especializados en gerontología que afirman tratarse de un fraude donde la hija suplantó a su madre. Para ello se basan en el análisis antropométrico y fisiológico de fotos de las dos mujeres y en una serie de factores, como el hecho de que a la muerte supuesta de la hija en 1934 sólo había un testigo que certificó su muerte, y no era ni médico ni enfermera. Aún así, reconocen que no tienen pruebas totalmente concluyentes y solo un test de ADN podría demostrar sus afirmaciones. Pero incluso dando por acreditado este caso, y desde una visión estrictamente literal, el decreto bíblico mantiene su validez, ya que Génesis 6:3 hace referencia al hombre, no a la mujer, y el hombre más longevo en época moderna es el japonés Kimura que murió en 2013 a los 116 años (Lista de supercentenarios)
“La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma; el testimonio del Señor es seguro, que hace sabio al sencillo. Los preceptos del Señor son rectos, que alegran el corazón; el mandamiento del Señor es puro, que alumbra los ojos” (Salmos 19:7-8 LBLA)
Conocer y obedecer los mandatos de Dios ha sido y es esencial para todos. Como dice el salmo, sirven para hacernos sabios y alumbrarnos los ojos; pero también son una fuente de información para conocer mejor a Dios. Con este propósito consideramos algunas de las leyes:
“No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás”
La razón de esta ley es porque Dios es “celoso” (Éxodo 20:3-5 RVR60) y no acepta compartir la adoración con otros dioses, aunque se trate de objetos inanimados, como las imágenes.
“No perviertas la justicia, ni te muestres parcial en favor del pobre o del rico” (Levítico 19:15 NVI)
Con esta ley se les exige a los jueces no juzgar con parcialidad, bien por intentar favorecer a los ricos para provecho propio, o bien por simpatizar demasiado con la causa del pobre (Ver también Éxodo 23:3). Esto refleja que la justicia de Dios es libre de toda parcialidad.
“Si alguien roba un buey o una oveja y luego mata o vende el animal, el ladrón tendrá que pagar cinco bueyes por cada buey robado y cuatro ovejas por cada oveja robada” (Éxodo 22 NTV)
Esta ley compensaba a la víctima del robo con creces de modo que los posibles ladrones se lo pensarían dos veces antes de robar. Estas son unas medidas eminentemente prácticas que resaltaban el interés de Dios por las víctimas de delitos; por otra parte, eliminaban la necesidad de prisiones que requerían el mantenimiento gratuito de los delincuentes.
“Supongamos que dos hombres pelean, y uno golpea al otro con una piedra o con el puño, y la persona herida no muere pero tiene que guardar cama. Si después puede levantarse y salir caminando de la casa, aunque fuera con muletas, entonces no se castigará al agresor, pero estará obligado a compensar a su víctima por el trabajo perdido y a pagar por su recuperación” (Éxodo 21:18-19 NTV)
Los actos violentos que resultaban en heridas físicas eran sancionados de forma equitativa. Quien provocaba el daño tenía que hacerse cargo de todos los perjuicios económicos que acarreaba a la víctima. De nuevo, notamos el interés de Dios por las víctimas, además de la aplicación de una justicia equitativa, en ningún modo desmedido.
“Cuando un hombre es recién casado, no saldrá con el ejército, ni se le impondrá ningún deber; quedará libre en su casa por un año para hacer feliz a la mujer que ha tomado” (Deuteronomio 24:5 LBLA)
Al contrario de las leyes humanas que rigen las naciones, Dios considera las circunstancias de las personas, hasta el punto de eximir a un hombre recién casado de cualquier compromiso de labor pública. Es llamativo ver cómo Dios considera la situación particular de cada individuo.
“Cuando entregares a tu prójimo alguna cosa prestada, no entrarás en su casa para tomarle prenda. Te quedarás fuera, y el hombre a quien prestaste te sacará la prenda. Y si el hombre fuere pobre, no te acostarás reteniendo aún su prenda. Sin falta le devolverás la prenda cuando el sol se ponga, para que pueda dormir en su ropa, y te bendiga; y te será justicia delante de Jehová tu Dios” (Deuteronomio 24:10-13 RVR60)
Cuando alguien hacía un préstamo, podía requerir una prenda como garantía de la devolución del préstamo. Dicha prenda solía ser de vestir. En esta ley vemos que el acreedor no podía entrar en la casa del deudor sin ser invitado, lo cual protegía la intimidad del hogar. Además, el acreedor no podía retener la prenda de vestir de un pobre durante la noche, ya que la necesitaría para resguardarse del frío. Sin duda, esta ley reflejaba la compasión de Dios por los necesitados (Ver también Deuteronomio 24:17-18)
“Cuando siegues la mies de tu tierra, no segarás hasta los últimos rincones de tu campo, ni espigarás el sobrante de tu mies. Tampoco rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña; lo dejarás para el pobre y para el forastero” (Levítico 19:0-10 LBLA; ver también Deuteronomio 24:19-21)
Dios mandó a los israelitas propietarios de campos o viñas, que cuando recogieran su fruto no lo hicieran de manera exhaustiva, ni tampoco buscaran de nuevo lo que se hubiera quedado atrás, sino que esa labor y ese fruto tendrían que dejarlo para los desfavorecidos. Esta medida estaba pensada para ayudar a los pobres, que gracias a ella tenían la posibilidad de trabajar para conseguir su alimento, lo que también les proporcionaba un sentimiento de dignidad. Por otra parte, a los propietarios de campos y viñas ese gesto solo les suponía una pequeña pérdida, con la ventaja de evitar la labor que requería más trabajo. Sin duda, esta ley demuestra la sabiduría de Dios al combinar justicia y misericordia.
“Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite” (Deuteronomio 15:7-8 RVR60)
“En caso de que un hermano tuyo empobrezca y sus medios para contigo decaigan, tú lo sustentarás como a un forastero o peregrino, para que viva contigo. No tomes interés y usura de él, mas teme a tu Dios, para que tu hermano viva contigo. No le darás tu dinero a interés, ni tus víveres a ganancia” (Levítico 25:5-7 LBLA)
Dios mandaba a los israelitas que se hicieran responsables de sus hermanos que habían caído en la pobreza, prestándoles sin interés en todo lo que necesitaran. Una vez más, vemos el interés amoroso de Dios por los más necesitados hasta el punto de establecer leyes que los auxiliaran.
“No pondrás bozal al buey mientras trilla” (Deuteronomio 25:4 LBLA)
“No ararás con buey y asno juntos” (Deuteronomio 22:10 LBLA)
Es un acto cruel utilizar a un buey para trillar y a la vez impedirle que pueda comer del grano que tiene delante de él. También lo es el poner en un mismo yugo a animales con distintos tamaños y fortaleza, lo que les provocaría sufrimientos innecesarios. Vemos como la compasión que Dios llega también a los animales.
“No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo” (Éxodo 20:17 LBLA)
“No alimentes odios secretos contra tu hermano, sino reprende con franqueza a tu prójimo para que no sufras las consecuencias de su pecado. No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor” (Levítico 19:17-18 NVI)
La ley de Dios va más allá de la obligación de hacer o evitar actos que se pueden constatar, ya que incluso regula en el ámbito de los sentimientos. No se limita a condenar el robo o el adulterio, llega incluso a advertir contra codiciar cualquier cosa que sea del prójimo. No se queda sólo en condenar el asesinato, sino incluso contra el alimentar odios secretos, contra la venganza o contra el rencor. Y aún va más allá al mandar amar al prójimo como a uno mismo, ya que el amor repele toda conducta perjudicial con el semejante. Este tipo de mandamientos por sí solo evidencia que efectivamente la ley proviene de Dios, ya que sólo Él puede comprobar lo que sucede en el corazón.
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón” (Deuteronomio 6:4-6 RVR60)
Esta ley se puede considerar como la culminación de todas las leyes, el supremo propósito de la vida, y el único modo de encontrar la felicidad mediante la plena realización como seres humanos. Notamos de nuevo que no se trata de actos, sino de auténticos sentimientos que se traducen en actos. Sólo Dios puede determinar lo genuino de nuestro amor hacia Él. Sí, Dios ha de gobernar también en nuestro corazón, y al hacerlo está buscando nuestro bien supremo.
Estas son solo algunas de las muchas leyes que Dios estableció para el antiguo Israel, y que nos permiten conocer mejor el carácter de Dios como Legislador. Sin duda se trata de valiosa información; sin embargo…, por sí solo esto no basta para conocer realmente a Dios.