martes, 8 de octubre de 2019

Jesús, la resurrección y la Vida

El capítulo 11 del evangelio de Juan contiene uno de los pasajes más extraordinarios del evangelio. Los evangelios describen muchos milagros de Jesús, pero este es muy especial. Es con diferencia el milagro con el relato más extenso. Empieza cuando Jesús recibe la noticia de que su amigo Lázaro está enfermo, y en vez de ir a sanarlo permanece deliberadamente dos días en el lugar donde estaba. Cuando llega, ya hace cuatro días que su amigo está muerto. Marta, hermana de Lázaro, le dice a Jesús:

Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (Jn 11:21). “Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le contestó: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final” (Jn 11:23-24).

Marta creía en la resurrección de los muertos que ocurrirá en el último día, y también sabía que Jesús realizó antes otras resurrecciones (Mr 5:21-24; 35-43; Lu 7:11-15; 8:49-56); pero estas ocurrieron muy poco tiempo después de producirse la muerte, cuando el cuerpo aún no había comenzado a deteriorarse; pero Lázaro ya llevaba cuatro días muerto, de modo que había entrado en proceso de descomposición y debía oler mal (Jn 11:39). Marta pensaba que en el caso de su hermano solo cabía esperar la resurrección en el último día. Pero Jesús hace esta asombrosa declaración:

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn 11:25-26).

En otras palabras, Marta no tenía que esperar hasta el día final, porque delante de ella estaba quien en sí mismo tiene la plena facultad de resucitar y dar vida. Sí, Jesús no era un simple ejecutor de milagros; sino que “En Él estaba la vida” (Jn 1:4), “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn 5:26), y “como el Padre levanta a los muertos, y les da vida; así también el Hijo a los que quiere da vida” (Jn 5:21).

Cuando Jesús ordena quitar la piedra del sepulcro, Marta objeta: “Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que murió” (Jn 11:39). A pesar de que creía que Jesús era el Hijo de Dios, aún no estaba convencida o no entendía del todo las palabras de Jesús; entonces “Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (Jn 5:40). Y para eliminar esa incredulidad Jesús procede a confirmar su enseñanza, pero no con palabras, sino con hechos; no con teorías, sino con una definitiva demostración de poder. Y dirigiéndose al sepulcro clama a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!” (Jn 11:43) ¡Y Lázaro sale fuera! El cuerpo que llevaba cuatro días muerto cobra vida como si hubiera despertado de un sueño (Jn 11:11)

Este glorioso acto disipa todas las dudas. Ahora Marta puede entender bien lo que Jesús quería decir cuando dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”. Ahora llega a comprender que Jesús es el “Autor de la vida” (Hch 3:15), que tiene la potestad para dar vida en abundancia (Jn 10:10). Por eso, y debido a su significado tan trascendente, la resurrección es una de las enseñanzas más fundamentadas en las Escrituras que el propio Jesús mencionó repetidamente:

Quien atiende a los desfavorecidos será “recompensado en la resurrección de los justos” (Lu 14:14). Los que son dignos “de la resurrección de los muertos” viven para con Dios (Lu 20:34-38). “De cierto, de cierto os digo: Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren vivirán”. “No os maravilléis de esto; porque viene la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; y los que hicieron mal, a resurrección de condenación” (Jn 5:25, 28-29). La voluntad del Padre es que “toda persona que al contemplar al Hijo crea en él, tendrá vida eterna” y será resucitado por el Hijo “en el último día” (Jn 6:40). Y por eso pudo decir que Él tiene “las llaves de la muerte y del Hades” (Ap 1:18), unas llaves que usará para realizar una primera y una segunda resurrección (Ap 20:5-6).

Jesús nos dice: “Les aseguro que todo el que preste atención a lo que digo, y crea en Dios, quien me envió, tendrá vida eterna” (Jn 5:24). “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1 Jn 5:11-12). Esta es la lección que debemos aprender: Sólo nuestro Señor tiene el poder y la voluntad de darnos la vida, eso no es prerrogativa de nadie más, y mucho menos de ningún ser humano. Entonces ¿A quién hemos de seguir? ¿A quién hemos de escuchar y obedecer?


Jesús, El Buen Pastor

En el ámbito religioso es frecuente que la mayoría de los dirigentes están más interesados en su propia ganancia y prestigio que en el cuidado espiritual de los creyentes, de modo que muchos llegan a sentirse como ovejas desamparadas y errantes (Mt 9:36). Especialmente a estos Jesús les dice:

Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn 10:11)

En las Escrituras, la figura de pastor es muy entrañable porque sugiere el cuidado protector y amoroso que el Señor dispensa a quienes son de su propiedad (Eze 34:11-12; 30-31). Notemos que Jesús no solo se declara como el pastor, sino como “el buen pastor”; y es interesante saber que la palabra griega traducida para “buen”, además de bueno denota lo verdadero y hermoso [1] ; así, cuando se piensa en Jesús como el Buen Pastor, además de eficiencia y seguridad, se contemplan cualidades como el amor, la ternura y la paciencia; cualidades que conforman una personalidad tan atrayente como para que sus ovejas le sigan allá donde él vaya.

Tan grande y verdadero es el amor de Jesús por sus ovejas que da su vida por ellas “para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10:10). La vida abundante es la vida eterna (Ro 5:18), pero también es abundante por su plenitud. Cuando intentamos vivir nuestra propia vida, se nos hace vacía y carente de sentido, pero cuando caminamos con Jesús recibimos una nueva vitalidad y sentimos que empezamos a vivir de verdad.

Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas”; “y a sus ovejas llama por nombre” (Jn 10:14, 3)

Jesús es el buen pastor que se interesa por sus ovejas; pero no ve a cada oveja como una más del rebaño, sino que las conoce y “llama por nombre”, lo que quiere decir que tiene un conocimiento íntimo de cada una de ellas [2] . David, una de las ovejas de Dios (Sl 23:1), describe así el conocimiento que Dios tenía de él: “Señor, tú me has examinado y me conoces; tú conoces todas mis acciones; aun de lejos te das cuenta de lo que pienso. Sabes todas mis andanzas, ¡sabes todo lo que hago! Aún no tengo la palabra en la lengua, y tú, Señor, ya la conoces” (Sl 139:1-4).

De modo que Jesús conoce nuestro historial y circunstancias personales de cada uno de nosotros, incluso nuestros pensamientos y motivaciones más profundas, algo que otros no ven. Y precisamente este conocimiento profundo es lo que le permite saber cuáles son sus ovejas y cuáles no. Pablo es un buen ejemplo de ello. Antes de su conversión, todos los cristianos veían a Pablo como un temible perseguidor, pero Jesús sabía que en el fondo era una de sus ovejas; por eso se manifestó directamente a él, haciéndole un fiel instrumento para dar a conocer su nombre (Hch 9). Con razón Pablo pudo decir: “El Señor conoce a los que son suyos” (2 Ti 2:19). Ese es el conocimiento que Jesús tiene de sus ovejas. Pero ¿cómo saber si somos conocidos por Dios?

el que ama a Dios es conocido por él” (1 Co 8:3)

Dios conoce a quien le ama, pero ese amor solo es real si hacemos la voluntad de Dios. En contraste están los que se les llena la boca de alabanzas, pero no Le obedecen. A estos el Señor les dice expresamente: “Nunca os conocí” (Mt 7:21-23). Para que el Señor nos conozca por nombre hemos de estar en una buena relación con Dios, una relación de amor obediente.

las mías me conocen”, “y oirán mi voz” (Jn 10:14-15)

Hay un conocimiento mutuo entre el pastor y sus ovejas. Las ovejas de Dios poseen un instinto espiritual que les lleva a reconocer al Buen Pastor. Al escuchar Su voz se sienten tan atraídas que, entusiasmadas corren a Él y le siguen allá donde vaya. Comen y beben de sus dichos, que para ellas son como música a los oídos. Saben que su pastor es “manso y humilde de corazón” y que al estar bajo su dirección son liberadas de pesadas cargas, ‘hallando descanso para sus almas’ (Mt 11:28-30). Les cautiva el interés personal que siente por todas ellas, de modo que cuando una se pierde, concentra en ella su atención y va en su búsqueda, y “cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros” (Lu 15:5). Así de tierno es el amor que nuestro Pastor siente por cada una de sus ovejas, no solo la busca, sino que, al encontrarla fatigada, la coge y la trae sobre sus hombros. No es de extrañar que sus ovejas confíen tanto en Él y que hagan suyas las palabras de la oveja David cuando dijo: “El Señor es mi pastor; nada me faltará” (Sl 23:1).

y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Jn 10:4)

Cuando Jesús habla de conocerle, no se refiere simplemente a conocer información referente a él. Conocer a nuestro Buen Pastor Jesús implica sobre todo tener una relación personal con él, algo que se evidencia cuando seguimos su ejemplo y enseñanzas. Solo podemos contarnos entre sus ovejas cuando le seguimos obedientemente y tratamos de imitarle, cuando dejamos que dirija nuestra vida. De no ser así, necesitamos volvernos hacia Él.

les dio a unos la capacidad […] de ser pastores” (Ef 4:11)

En las Escrituras también se habla de pastores humanos. Jesús pidió a Pedro que pastoreara de sus ovejas (Jn 21:15-17), y después dio a unos la capacidad de ser “pastores y maestros” para preparar “a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo hasta que todos lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios, y alcancemos la edad adulta, que corresponde a la plena madurez de Cristo” (Ef 4:11-13). Es importante notar que los pastores dados por Cristo básicamente están para edificar a sus hermanos en el conocimiento de Jesús hasta que alcancen la madurez cristiana; por lo que, una vez se alcanza la madurez en Cristo la figura del pastor humano ya no es tan necesaria, ya que el creyente es perfectamente capaz de vivir por sí solo en una permanente relación con Dios. Ahora bien ¿Cómo identificar a quienes se ofrecen a pastorean para Cristo? La Biblia presenta algunas de sus características:

Los pastores en Cristo ‘se desvelan por el bien de sus hermanos, sabiéndose responsables de ellos’ (Heb 13:17); es decir, tienen interés sincero por sus hermanos. Siguen el ejemplo de Jesús y no pretenden que las ovejas del Señor le sirvan, sino que muestran “un gran deseo de servir” (1 Pe 5:2). Hablan “la palabra de Dios” (Heb 13:7), ‘enseñando a obedecer todo lo que Jesús ha mandado’ (Mt 24:20), tanto en palabra y sobre todo “siendo de corazón ejemplo para el Rebaño” (1 Pe 5:3). De ningún modo se aprovechan de las ovejas de Dios ambicionando “ganancia deshonesta”, pues tienen la actitud paternal del apóstol Pablo cuando dijo: “no os seré una carga, pues no busco lo que es vuestro, sino a vosotros” (2 Co 12:14). Tienen muy claro que ‘las personas que Dios ha dejado a su cargo no son suyas, sino que pertenecen a Dios’ (1 Pe 5:2); por lo tanto, no pretenden “dominar a los que les han sido encomendados” (1 Pe 5:3), recordando lo que Jesús dijo: "Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros” (Mt 20:25-26). Lejos de querer poseer un número creciente de feligreses a quienes exigirles total sumisión, son muy conscientes que su función se limita a llevar las “ovejas descarriadas” a Jesús, el “pastor y guardián” de sus almas (1 Pe 2:25). Por eso, no buscan ni esperan la gloria de hombres, porque saben que, “cuando regrese Cristo, que es el Pastor principal”, “recibirán un maravilloso premio que durará para siempre” (1 Pe 5:4).

Hay muchos pastores cuyo modo de actuar difiere bastante con lo descrito anteriormente. Estos son sospechosos de ser calificados como ‘pastores asalariados que no tienen cuidado de las ovejas’ (Jn 10:12-13), o peor aún, de ‘ladrones y salteadores que no entran por la puerta de las ovejas’, que es Jesucristo (Jn 10:1, 7). Por eso, cada uno debe discernir quién le está pastoreando y a dónde le lleva, si de verdad es Jesucristo quien le está hablando a través del mensaje que recibe, o más bien se trata de la voz de un “extraño” del cual debemos huir (Jn 10:5). Siempre recordemos que Jesús es el Buen Pastor que conoce y se interesa en cada una de sus ovejas. Si queremos ser una de ellas, debemos aprender a distinguir Su voz de otras voces que no son auténticas. Por eso es tan importante un acercamiento personal al Evangelio, un conocimiento de primera mano que nos permita reconocer la voz de “nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas” (Heb 13:20)


NOTAS

[1] La palabra kalós que se traduce por buen y bueno denota aquello que es intrínsecamente bueno, y, así, hermoso, honroso. (Diccionario Expositivo Vine)

[2] Según un diccionario, en la época bíblica se atribuía al nombre una considerable importancia, habiendo una relación directa entre el nombre y la persona o cosa nombrada; y expresando la personalidad hasta tal punto que el conocimiento del nombre de alguien implica conocerlo íntimamente. Por ejemplo, cuando Dios dice a Moisés: “Yo te he conocido por tu nombre” (Éxodo 33:12 RVR60), quiere decir que lo conoció íntimamente.


Nuestro único Señor

Jesús dijo: “Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy” (Jn 13:13)

Todos los cristianos dicen que Jesucristo es su Señor, y dicen muy bien. De hecho, la expresión "nuestro Señor Jesucristo" que aparece más de 50 veces en el Nuevo Testamento (Según la versión Reina Valera Revisada 1960), es sin duda una de las expresiones más comúnmente utilizada en las iglesias. La palabra utilizada comúnmente para Señor es Kyrios, que en griego se utilizaba para amo, en contraposición a siervo o esclavo ¿Por qué Jesús es nuestro Amo y Señor? Las Escrituras responden:

Porque habéis sido comprados por precio” (1 Co 6:20)

Cristo “murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado” (2 Co 5:15)

Porque Cristo para esto murió, y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos, como de los que viven” (Ro 14:9)

Jesucristo es nuestro Amo y Señor porque nos compró con el precio de su sangre; es decir, entregó su vida en sacrificio para rescatarnos de la esclavitud al pecado y la muerte; de este modo, al aceptarle como nuestro Amo y Señor nos convertimos en sus siervos, cuyas vidas le pertenecen. No obstante, hay hombres que ostentando una autoridad religiosa pretenden ser considerados amos o señores sobre otros. Pero ¿Cuántos señores pueden tener los cristianos? Las Escrituras también responden:

Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para el cual vivimos; y no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos” (1 Co 8:6)

Un cuerpo, y un Espíritu, como sois también llamados en una misma esperanza de vuestro llamamiento. Un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4:4-5)

Las Escrituras no dejan lugar a dudas: no tenemos más que un Señor, Jesucristo. Esto quiere decir que sólo a Jesús debemos nuestra sumisión y obediencia. Sin embargo en la práctica y quizá sin darse cuenta, muchos se entregan al señorío de hombres que alegan ser representantes de Dios: desde pontífices o vicarios hasta predicadores o pastores, pasando por juntas directivas, etc. La gran mayoría de estos exigen de sus feligreses el acatamiento a sus propias normas y doctrinas, y esto les convierte de hecho en sus verdaderos señores, suplantando de esta forma el señorío de Cristo. Pero si hemos decidido que Jesús sea nuestro Señor, debemos ser cuidadosos sobre a quién sometemos nuestra voluntad. El apóstol Pablo es explícito en este punto al decir:

Ustedes fueron comprados [por Cristo] por un precio; no se vuelvan esclavos de nadie” (1 Co 7:23)

El precio que Jesús pagó por nosotros es tan elevado y precioso que debe generar en nosotros un profundo sentido de gratitud y dependencia hacia él, y eso implica que evitemos el sometimiento incondicional a cualquier hombre u organización. Si dejamos que algún sistema religioso nos ate a su credo y nos someta a su estructura de autoridad, entonces nos volvemos esclavos de otros hombres, relegando a Cristo a un segundo plano. Por eso, cuando recibimos cualquier consejo o indicación de otras personas, debemos confrontarlo en conciencia con las palabras, ejemplo y cualidades que Jesús manifestó, de esta forma le damos la honra propia de reconocerlo como nuestro único Señor.

Ahora bien, hay algo más implicado en reconocer a Jesús como nuestro Señor. A aquellos que se limitaban a llamarle Señor, Jesús les dijo:

¿Por qué me llaman ustedes “Señor, Señor”, y no hacen lo que les digo?” (Lu 6:46)

En efecto, podemos cantar y proclamar repetidamente que Jesús es nuestro Señor, pero si no hacemos lo que nos dice, entonces son palabras vacías, porque lo que realmente cuenta es obedecer sus mandatos y enseñanzas; sólo así demostramos que realmente lo reconocemos como nuestro Amo y Señor. Ahora bien ¿Cómo vamos a hacer lo que él dijo si desconocemos sus dichos? ¿Cómo vamos a obedecerlo si no leemos el Evangelio? Por eso, nuestra obediencia a él empieza por abrir nuestra biblia y conocer de primera mano cuáles son sus mandatos y enseñanzas.

Por tanto, mostremos a nuestro Salvador eterno agradecimiento considerándolo como nuestro único Amo y Señor. No permitamos que ningún hombre o sistema religioso nos esclavice, y demostremos mediante nuestra obediencia que realmente reconocemos a “nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡A él sea la gloria ahora y para siempre! Amén” (2 Pe 3:18).


Jesús, la Luz del mundo

En este mundo inmerso en la oscuridad donde se cubre el pecado y reina la confusión, se hace difícil discernir la realidad de las cosas. Se hace difícil averiguar la verdadera naturaleza y destino de los muchos caminos y tendencias que el mundo transita. En el plano personal también estamos expuestos a andar a tientas y a tropezar, porque muchos de los problemas de la vida están por encima de nuestra capacidad y corremos peligro de seguir una senda equivocada. Por eso, tenemos necesidad de una luz que permita ver la realidad y alumbre nuestros pasos ¿Dónde buscar? La respuesta está al alcance de todo el mundo, tan solo si se escuchara a Jesús cuando dice de sí mismo:

Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8:12)

Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Jn 12:46)

La luz revela la realidad de las cosas, y Cristo es la Luz que “alumbra en la oscuridad” (Jn 1:5), la “luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Jn 1:9); una luz que destapa “las obras de las tinieblas” (Ro 13:12) y las falsedades religiosas.

La luz de Cristo también puede alumbrar la ceguedad de nuestro corazón. Desde que nacemos, la luz solar nos permite ver físicamente. No es así con nuestra visión espiritual, porque nuestros ojos espirituales permanecen ciegos hasta que descubrimos la luz de Cristo, la luz que puede iluminar nuestra vida sea cual sea nuestra situación o necesidad. “Porque Dios, que dijo: «De entre las tinieblas brille la luz», es quien hizo brillar la luz en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo” (2 Co 4:6).

La luz de Cristo significa mucho más: es la “luz de la vida”. El profeta ya lo adelantó al decir: “a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos” (Is 9:2). La luz genera vida, en la muerte no hay luz, sino tinieblas. Las plantas requieren de la luz solar para vivir, cuando no reciben luz se marchitan y mueren. De igual modo, la luz de Cristo significa vida para nosotros, y no sólo porque anímicamente cobramos vida, sino porque esa luz nos conduce por el camino de la “vida eterna” (Jn 6:47). Por eso, a los muertos se dice: “Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo” (Ef 5:14).

Pero la luz sólo puede ser útil cuando nos acercamos a ella. Jesús es la Luz, y para andar en su Luz hemos de creerle y seguirlo. Le seguimos cuando creemos en Él, y demostramos creerle cuando Le seguimos en amor y obediencia. Él mismo dice: “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Jn 3:20-21). El apóstol Pablo lo expresa así: “dejemos de pecar, porque pecar es como vivir en la oscuridad. Hagamos el bien, que es como vivir en la luz. Controlemos nuestros deseos de hacer lo malo, y comportémonos correctamente, como si todo el tiempo anduviéramos a plena luz del día” (Ro 13:12). Y el apóstol Juan lo relaciona con el amor cuando dice: “la oscuridad se va desvaneciendo y ya brilla la luz verdadera. El que afirma que está en la luz, pero odia a su hermano, todavía está en la oscuridad. El que ama a su hermano permanece en la luz, y no hay nada en su vida que lo haga tropezar. Pero el que odia a su hermano está en la oscuridad y en ella vive, y no sabe a dónde va porque la oscuridad no lo deja ver” (1 Jn 2:8-11).

En este mundo en tinieblas no es bueno caminar solos, ni tampoco con falsos guías. Las tinieblas están en las falsedades que hacen que la gente ande a oscuras sin saber en qué creer ni a dónde ir. Necesitamos seguir a Jesús para andar en su Luz. Sólo así se dispersará la niebla de nuestra ceguedad y veremos con claridad el camino de la vida.