sábado, 23 de octubre de 2021

Humilde de corazón

Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma” (Mt 11:29)

Justo antes de ser concebido en el vientre de María, Jesús fue descrito como “Hijo del Altísimo”, el rey de un ‘reino que no tendrá fin’, de modo que se produciría el nacimiento de la persona más grande y sobresaliente que jamás haya pisado la tierra, un nacimiento iniciado y controlado por Dios mismo, para Quien “no hay nada imposible” (Lu 1:31-37) ¿Cómo fue ese nacimiento? ¿Tuvo lugar en el templo, la casa de Dios, asistido por los principales líderes políticos y religiosos? No precisamente.

Aconteció que estando en Belén, y puesto que no había lugar para ellos en el cuarto de huéspedes, María dio a luz al niño en un establo y allí “lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre” (Lu 2:4-7) Puesto que no se encontró hospedaje, el nacimiento del Hijo de Dios tuvo lugar en el abandono de un establo, acostado en el hueco donde comían los animales. Un lugar indigno para la inmensa mayoría de nosotros ¿Quién dejaría que su hijo naciera en esas circunstancias? Pero así lo quiso Dios para su Hijo.

No sólo fue humilde el lugar de nacimiento, la mujer escogida por Dios para concebir a Su Hijo no era miembro de alguna familia destacada, sino fue una mujer sencilla y pobre (Lu 1:48; 2:23-24) Ninguno de nosotros ha podido elegir a su madre antes de nacer; pero Jesús sí pudo elegir, y al hacerlo prefirió a una mujer de “humilde condición” (Lu 1:48) Poco después un ángel anunció la buena nueva del nacimiento ¿A quiénes? No fue a gobernantes, líderes religiosos, ricos o poderosos, sino a unos sencillos pastores que cuidaban sus rebaños esa noche. (Lu 2:8-20)

Unos cuarenta días después, sus padres llevaron a Jesús a Jerusalén donde residían los diligentes del sistema religioso judío que en aquel tiempo esperaban la venida del Mesías ¿Se les comunicó la visita del Mesías, para así rendirle una majestuosa bienvenida? ¡Ni se enteraron! En cambio, estaban Simeón y Ana, viejecitos piadosos a quienes Dios concedió el privilegio de conocer a Su Hijo (Lu 2:25-38). Ya desde su nacimiento, Dios se complació en que Su Hijo se rodease de personas humildes y sencillas; y así fue durante el resto de su vida en la tierra, como al designar a sus doce apóstoles. Jesús no los buscó entre los más destacados eruditos religiosos, todo lo contrario, la mayoría “eran hombres sin letras y sin preparación” (Hch 4:13) y alguno como Mateo, tenía mala reputación entre el pueblo por haber sido recaudador de impuestos. Desde la óptica humana los apóstoles elegidos por Jesús eran de los menos calificados para llegar a ocupar esa posición.

A Jesús no le avergonzó en absoluto venir al mundo en unas circunstancias aparentemente tan indignas del “Hijo del Altísimo” y rodearse de personas sencillas (Lu 1:32). Está claro que no consideró en absoluto la posición social o económica, ni el prestigio humano que eso conlleva. No se fijó en ello, sencillamente porque para Dios esas cosas carecen de todo valor. Él nos mostró que el concepto humano de dignidad y grandeza es tremendamente ridículo e irreal cuando aprendemos el valor que las cosas tienen para Dios. Sí, ya desde el mismo principio, Jesús estableció una escala de valores muy distinta a la del mundo. Para ser seguidores de Jesús necesitamos aprender activamente cuáles son estos valores y eso pasa por imitar Su humildad de corazón. Seguimos a Jesús cuando rechazamos el prestigio social y económico que ofrece este mundo ¿Se nos hace difícil seguirle en este aspecto? Entonces reconozcamos humildemente que hemos de cambiar y pidamos a Dios Su ayuda.


jueves, 8 de julio de 2021

La fe en Jesús

¿Crees tú en el Hijo del Hombre?” (Jn 9:35)

Esta pregunta la hizo Jesús a un ciego de nacimiento al que poco antes había curado. Jesús quería saber si aquel hombre creía en él y esa misma pregunta es pertinente para cada uno de nosotros: ¿Creo en Jesús? Creer en Jesús no puede ser más trascendental para la vida de cada uno ya que él mismo dijo: “el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn 11:25-26) ¿Creemos esto?

¿Qué impide creer en Jesús?

La fe en Jesús no depende de acercarse a él físicamente. Puede llegar a sorprender que muchos contemporáneos de Jesús no creían en él, aunque lo vieron con sus propios ojos y lo escucharon con sus propios oídos. Después que una multitud se beneficiara de su poder milagroso, Jesús les dijo: “aunque me habéis visto, no creéis” (Jn 6:36) Más adelante se explica el motivo de este tipo de incredulidad:

A pesar de haber hecho Jesús todas estas señales en presencia de ellos, todavía no creían en él. Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías: «Señor, ¿quién ha creído a nuestro mensaje, y a quién se le ha revelado el poder del Señor?» Por eso no podían creer, pues también había dicho Isaías: «Les ha cegado los ojos y endurecido el corazón, para que no vean con los ojos, ni entiendan con el corazón ni se conviertan; y yo los sane»” (Jn 12:37-40)

Tener un corazón endurecido hizo que muchos judíos no creyeran en Jesús. No podían negar los milagros que veían, pero aun así rechazaron a Jesús como el Mesías. A fin de ocultar esa realidad se autoengañaban con falsos razonamientos, como pasar por alto la bendición de curar enfermedades y fijarse sólo en el día que se realizaban; o cuando le acusaban de que su poder provenía de Satanás.

Porque Juan fue enviado a ustedes a señalarles el camino de la justicia, y no le creyeron, pero los recaudadores de impuestos y las prostitutas sí le creyeron. E incluso después de ver esto, ustedes no se arrepintieron para creerle” (Mt 21:32)

En estas palabras Jesús apunta un factor para no creer: la ausencia de arrepentimiento. A diferencia de los recaudadores de impuestos y prostitutas, los principales sacerdotes y ancianos ya se creían justos y no sentían la necesidad de arrepentirse, lo cual los hubiera llevado a creer lo que decía Juan el bautista. Del mismo modo, para creer en Jesús se necesita un corazón arrepentido, esto es, reconocer todo aquello que nos aleja de Dios y sentir sincero pesar por ello. Arrepentirse es en un paso previo para creer en el evangelio y recibir el perdón (Mr 1:15; Hech 3:19) Los siguientes versículos exponen otro factor que endurece el corazón:

No recibo gloria de los hombres; pero os conozco, que no tenéis el amor de Dios en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ese recibiréis. ¿Cómo podéis creer, cuando recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? ” (Jn 5:41-44)

Jesús ni otorgaba ni recibía gloria de los hombres y esto impedía que muchos judíos creyeran en él. Ellos preferían seguir en un sistema religioso donde el cumplimiento escrupuloso de normas les hacía dignos de obtener la gloria de los hombres. Para ellos, esto era mucho más deseable que complacer humildemente a Dios, por lo que la fe en Jesús no podía surgir. Está claro que la fe y la humildad van de la mano. Por eso, Jesús les dijo en otra ocasión: “vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas” (Jn 10:26) Al utilizar la figura de las ovejas, Jesús señala la disposición mansa y humilde que tienen sus seguidores hacia él, algo que les faltaba a aquellos judíos.

El inicio de la fe

la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Ro 10:17)

Es necesario conocer el mensaje del evangelio, la palabra de Cristo, para empezar a tener fe. Jesús mismo predijo que así sería, cuando hablando de sus futuros discípulos dijo a su Padre: “Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos” (Jn 17:20) Cuando la palabra de Cristo llega a alguien, Dios puede hacer que obre en su corazón. No obstante, cabe la pregunta de si es posible creer a quien no vemos. La respuesta está en estas palabras de Jesús a su discípulo Tomás:

Entonces Jesús le dijo: Tú crees porque me has visto, benditos los que creen sin verme” (Jn 20:29)

Estas palabras fueron dirigidas a Tomás, quién necesitó ver a Jesús para creer en su resurrección. Tener fe en Jesús sin haberle visto no solo es posible, sino que además es motivo de bendición. Sucede que muchas veces creemos aquello que deseamos, y la creencia es plena cuando coinciden tanto la mente como el corazón, cuando sabemos objetivamente que es cierto y además deseamos que sea cierto. Por eso, cuando alguien cree en Jesús es afortunado porque significa que en realidad está tan atraído a Jesús que decide creer en él. De esta forma se pasa del “ver para creer” que Tomás necesitó, al “desear creer” para llegar a ver la realidad de Cristo. En este sentido el apóstol Pedro dice:

El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y, aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación” (1 Pe 1:7-9)

Pedro se dirige a los creyentes que no vieron a Jesús personalmente, pero debido al mensaje que oyeron, le creyeron y le amaron. Estos creyentes recibieron el mensaje a través de testigos oculares como los apóstoles y otros discípulos, pero en la actualidad el mensaje lo podemos tener directamente a través de las páginas de los evangelios, ya que para esto se escribieron:

Jesús hizo muchas otras señales milagrosas en presencia de sus discípulos, las cuales no están registradas en este libro. Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida” (Jn 20:30-31)

Es mediante el estudio y repaso de los evangelios que podemos fomentar la fe en Jesús como el Cristo e Hijo de Dios. Son en estas páginas que relatan su vida y enseñanzas donde adquirimos conocimiento de sus ricas y variadas cualidades, donde podemos discernir los motivos que le llevaron a actuar como lo hizo, así como los asuntos a los que daba más importancia. Este asiduo conocimiento es necesario para cultivar la fe en él.

Andar por fe

Una vez iniciados en la fe, los seguidores de Jesús empiezan a andar por fe, no por vista (2 Cor 5:7). Pero no es tan sencillo. Por ejemplo, tenemos la experiencia del apóstol Pedro que una vez decidió “andar por fe” ¡incluso de manera literal! En una ocasión él y los demás discípulos vieron a Jesús que venía andando sobre el mar. Asombrado ante aquello, Pedro le dijo: “Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti sobre las aguas. Y Él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, caminó sobre las aguas, y fue hacia Jesús. Pero viendo la fuerza del viento tuvo miedo, y empezando a hundirse gritó, diciendo: ¡Señor, sálvame! Y al instante Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Cuando ellos subieron a la barca, el viento se calmó” (Mt 14:25-32)

A Pedro le agradó la idea de poder andar sobre las aguas, y al llamarle Jesús cobró suficiente confianza y empezó literalmente a “andar por fe” sobre las aguas. La fe le sostuvo mientras su atención estaba en Jesús, y habría llegado hasta él si no hubiera dejado de mirarle. Pero cuando atendió a la fuerza del viento entonces le entró miedo, y el miedo le hizo dudar, y la duda disipó la fe que le sostenía sobre el agua. Su fe desapareció cuando apartó la mirada de quien le daba confianza. La valiosa lección que se puede sacar se resume muy bien en estos versículos:

corramos con perseverancia la carrera que tenemos delante de nosotros puestos los ojos en Jesús, el autor y perfeccionador de la fe” (Heb 12:1-2)

La clave para andar en la fe es mantener la mirada en Jesús; es decir, alimentar constantemente nuestra confianza en él como nuestro Señor y Salvador, sabiendo que su espíritu obrará para nuestro bien. Esto es especialmente necesario cuando enfrentamos situaciones que pueden desestabilizarnos y hundirnos en el mar de las dudas (San 1:6). Pero si nuestra mente y corazón permanecen firmes en Cristo entonces nuestra fe se perfecciona, llegando incluso a la convicción de que “ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro 8:38-39) Cierto, ninguna distracción nos puede robar la fe en Jesús cuando ‘concentramos la atención en las cosas de arriba, y no en las de la tierra’ (Col 3:2)


sábado, 13 de febrero de 2021

Los que son de Jesús

Cuando Jesús hablaba de los suyos, se refería a ellos como seguidores o discípulos, y alguna vez como amigos o hermanos. También utilizaba figuras metafóricas, como ovejas, trigo, buena semilla, sarmientos, etc. Es bueno repasar qué decía Jesús cuando hablaba de los suyos porque esto nos ayudará a identificarlos y ser uno de ellos.

Sus seguidores

Jesús solía emplear la metáfora del seguimiento cuando se refería a los suyos. En los evangelios leemos como hace repetidas invitaciones a seguirle. Lo hizo de forma particular, como cuando les dijo a Pedro y Andrés: “Seguidme”, a Mateo y Felipe les dijo: “¡Sígueme!” (Mt 9:9; Jn 1:43), a otro discípulo: “Sígueme” (Mt 8:22) También lo hizo hablando en general: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, […] sígame” (Lc 9:23; Mc 8:34) Cuando hablaba a los fariseos dijo: “el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8:12), y en otra ocasión: “vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen” (Jn 10:26-27) En los evangelios la relación fundamental del creyente con Jesús se expresa mediante la idea del seguimiento.

El término griego que se traduce “seguir” (akoloutheô) tiene el significado de acompañar o caminar detrás de alguien, como solían hacer los discípulos de los rabinos de aquella época (Referencias a Strong y Manuel Belda) Cuando Jesús invitaba a seguirle, indudablemente incluía la idea de acompañarle físicamente allá donde iba, algo necesario para oírle y verle actuar.

Para aquellos primeros creyentes, seguir a Jesús significó la adhesión a su persona, llegando al punto de dejar todo por él (Mc 10:28; Jn 11:16). Pero este seguimiento en realidad trascendía al mismo Jesús. Él dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn 14:6) Con estas palabras Jesús inauguró el único camino que lleva al Padre. Quienes siguen a Jesús en realidad están siendo dirigidos al Padre. O, dicho de otro modo, sólo hay un camino para ir al Padre: seguir a Jesús.

¿Y ahora?

Desde que Jesús vivió en la tierra ha pasado mucho tiempo, y a diferencia de sus primeros seguidores, no es posible verle ni acompañarle físicamente. Sin embargo, Jesús mencionó que sus futuros seguidores, como ovejas suyas, oirían su voz y le seguirían (Jn 10:16, 27; comparar con Ef 2:11-18) Ese fue el caso de la mayoría de los cristianos del primer siglo, y a ellos y los que han seguido después, el apóstol Pedro dice: “Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y, aunque no lo ven ahora, creen en él” (1 Pe 1:8) De modo que, a pesar de no verlo físicamente, Jesús siempre ha contado con fieles seguidores. Es en este sentido que en las cartas apostólicas se utilizan metáforas para transmitir la idea del seguimiento a Cristo. [1]

Por ejemplo, se insta a “seguir sus huellas”, o “sus pisadas” (1 Pe 2:21) Nadie ha dejado huella como la que ha dejado Jesús. Estas huellas están grabadas en los evangelios, los escritos que guardan la “memoria de Jesús”, tal como era recordado, creído y amado por sus primeros seguidores y seguidoras. Cuando se examina con interés los relatos evangélicos, se va conociendo y entendiendo sus enseñanzas, así como su modo de vivir. Seguir sus huellas es conocer y seguir sus enseñanzas y ejemplo.

También se dice que “fijemos la mirada en Jesús” (Heb 12:2) y tengamos la “actitud que hubo también en Cristo Jesús” (Flp 2:5) O como dice Juan: “andar como Él anduvo” (1 Jn 2:6), es decir, “vivir como vivió él” Esto quiere decir que lo que realmente distingue a los verdaderos seguidores de Jesús es poner en práctica sus enseñanzas y vivir como él vivió. Como dijo el teólogo Hans Denck: "Nadie puede conocer a Cristo, a no ser que lo siga en la vida". Por eso, en su deseo de actuar como lo hizo Jesús, sus seguidores se preguntan frecuentemente: ¿Cómo vería el Señor esta situación? ¿qué diría, o qué haría él?

Sus discípulos

Jesús también se refirió a los suyos llamándolos discípulos [2]. Él les dijo: “aprended de mí” (Mt 11:29) En respuesta a estas palabras de su Maestro, los seguidores de Jesús sienten la necesidad de aprender constantemente de él. Ser seguidor de Jesús necesariamente implica ser su discípulo, alguien que ‘conoce su voz’ y ‘escucha su voz’ (Jn 10:4, 27)

Aunque algunas enseñanzas de Jesús pueden escucharse en los servicios religiosos de muchas iglesias, esto no es suficiente para el verdadero discípulo de Jesús. Limitarse a escuchar frases sueltas de Jesús invariablemente conduce a un entendimiento superficial, parcial, y hasta distorsionado de lo que él realmente quiso enseñar. El apóstol Pablo llama la atención a esto cuando dice:

que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error; sino que hablando la verdad en amor, crezcamos en todos los aspectos en aquel que es la cabeza, es decir, Cristo” (Ef 4:13-15)

La voluntad de Dios es que lleguemos al “conocimiento pleno” de Su Hijo y que crezcamos “en todos los aspectos” en Cristo. Sin embargo, la práctica de muchas instituciones religiosas es destacar reiteradamente unos pocos aspectos, en detrimento de otros a los que se concede escasa o nula atención, relegando incluso a lo que Jesús concedía especial importancia. El resultado de esto es una visión deformada del verdadero cristianismo (Ef 4:17-19). Es en este punto que Pablo dice:

Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera, si en verdad lo oísteis y habéis sido enseñados en Él, conforme a la verdad que hay en Jesús” (Ef 4:20-21)

Los seguidores de Jesús, como buenos discípulos que son, se aseguran por sí mismos de aprender “la verdad que hay en Jesús”, y por eso acuden directamente a la fuente bíblica. Saben que el conocimiento sobre Jesús no ha ser de segunda mano, sino un descubrimiento directo y personal que se produce al leer especialmente los evangelios y el resto del Nuevo Testamento, orando y meditando a fin de averiguar y profundizar en algún aspecto que el espíritu de Jesús les quiera revelar y les ayude a crecer en su relación con él.

Como discípulos de Jesús, reconocen que dependen totalmente de su ayuda para comprender sus enseñanzas, una ayuda que Dios proporciona mediante su espíritu a quienes son como niños (Mt 11:25); es decir, a quienes responden humilde y obedientemente a la clara enseñanza que reciben de la palabra de Dios, a quienes practican en sus vidas aquellas cosas que no ofrecen ninguna duda en cuanto a significado y aplicación. Es así como entienden estas palabras: “tened cuidado de cómo oís; porque al que tiene, más le será dado; y al que no tiene, aun lo que cree que tiene se le quitará” (Lc 8:18) Saben que Dios da entendimiento de su palabra a quienes saben oír, es decir, a quienes practican lo que aprenden.

Ahora bien, debido a la diversidad de adiestramiento religioso que han recibido, los discípulos de Jesús pueden verse confrontados entre sí por diferencias de creencias y prácticas religiosas, lo que puede dificultar el entendimiento entre ellos. Sin embargo, cuando el deseo genuino de conocer y obedecer a Dios está por encima de cualquier diferencia de opinión, se sienten motivados a proceder con humildad y tolerancia hacia puntos de vista que no coincidan con los suyos. Lejos de verse amenazados en su fe, lo toman como un hermoso reto hacia la madurez cristiana, de modo que la variedad interpretativa es vista como excelentes oportunidades para aprender unos de otros y crecer en el conocimiento de Cristo. Los discípulos de Jesús aprenden que la unidad cristiana no consiste en adherirse a algún sistema teológico elaborado por hombres. Apegarse al Señor es lo que les une entre ellos. Están más próximos entre sí cuanto más se unen a Jesús (Jn 15:4).

Los conoce por nombre

Dice Pablo que “El Señor conoce a los que son suyos” (2 Ti 2:19) Usando las figuras del pastor y las ovejas, Jesús dijo de sus seguidores: “Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen” (Jn 10:14, 27) ¿De qué manera es ese conocimiento? Él continúa: “de igual manera que el Padre me conoce y yo conozco al Padre” (Jn 10:15) El conocimiento recíproco entre Cristo y el Padre emana de la completa comunión que hay entre ambos y que produce un profundo vínculo de amor entre ellos. Es este tipo de conocimiento el que existe entre Jesús y cada uno de los suyos. En la Biblia conocer a alguien significa estar en relación personal con esa persona [3]. Cristo reconoce a quienes entran en una relación personal con él, una relación fundada en el aprecio personal y la obediencia a sus mandatos (Jn 14:21), de estos el amor a Dios es el más importante (Mt 22:37-38), por eso se dice: "si alguno ama a Dios, es conocido por él" (1 Co 8:3)

También “llama a sus ovejas por nombre” (Jn 10:3) Quiere decir que él tiene un conocimiento individual y personal de cada uno de ellos. Los que son suyos saben que Jesús, como pastor excelente, conoce y está al tanto de las circunstancias y necesidades personales de cada uno de ellos. Este interés amoroso por cada uno de sus seguidores hace que comprenda sus sentimientos más profundos, por lo que todos hacen suyas las palabras del salmista: “Señor, tú me has examinado y me conoces; tú conoces todas mis acciones; aun de lejos te das cuenta de lo que pienso. Sabes todas mis andanzas, ¡sabes todo lo que hago!” (Sl 139:1-3) En efecto, el conocimiento que Jesús tiene de los suyos no consiste en una mera información, sino en una comunión recíproca basada en el amor.

Que tal conocimiento implica una buena relación personal se ve en la respuesta distinta que Jesús da a muchos otros:

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos […]. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt 7:21-23; ver también Lc 13:25-27 y Mt 25:10-12)

Muchos pueden pensar que Jesús es su Señor, incluso alegar hacer grandes cosas en su nombre, pero esto no les servirá para ser reconocidos por él. Estas personas pensarán que le conocen, pero sólo se tratará de conocimiento intelectual. La práctica de la iniquidad hace que ese tipo de conocimiento no sirva de nada por mucho que se invoque su nombre. Es como dice el apóstol Pablo: “Que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor” (2 Ti 2:19). Los que son conocidos por Jesús se cuidan mucho de vivir contra la voluntad de Dios.

En cambio, él muestra familiaridad con los que hacen la voluntad del Padre: “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: ¡He aquí mi madre y mis hermanos! Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mt 12:47-50) Cualquiera que hace la voluntad de su Padre, no sólo es conocido por Jesús, sino que entra en la familia de Dios y llega a ser su hermano o hermana ¡qué entrañable relación tiene Jesús con sus seguidores!

Está con ellos

Hoy en día, los seguidores de Jesús saben que no siguen a alguien de carne y hueso, sino el recuerdo permanente de quien vivió en la tierra hace mucho. Esto que parece un inconveniente se transforma en un inestimable privilegio cuando se consideran estas palabras suyas:

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él […] Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada” (Jn 14:21-23)

A quien le ama observando su palabra, Jesús se manifiesta y hace morada con él, es decir, hace que sienta la manifestación de Dios en su vida. Por esa razón, después de resucitar dijo:

yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20)

Después de esto, Jesús ascendió al cielo y no volvió a ser visto físicamente, pero desde entonces, sus verdaderos seguidores experimentan su presencia espiritual dentro de ellos. A ello se refiere Pablo:

ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y, si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Pero, si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia” (Ro 8:9-10)

En otra ocasión dijo “que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (Ef 3:17)

Cristo está en los corazones de quienes mediante la fe le aman y guardan su palabra. Es mediante su espíritu que Cristo está con sus verdaderos seguidores todos los días, hasta el fin del mundo. Los primeros seguidores de Jesús debían acompañarlo físicamente, pero ahora es Jesús quien acompaña a cada uno de sus seguidores. Al vivir en una relación de amor obediente, el “Espíritu de Jesucristo” (Flp 1:19) da a sus seguidores la convicción de que él habita en sus corazones, de modo que disfrutan de su continua compañía.

Es de este modo que los suyos adquieren “la mente de Cristo” (1 Co 2:16) Tener la mente de Cristo es el resultado de recibir Su espíritu y su enseñanza, lo que implica tener los mismos valores que Jesús tenía, conceder importancia a lo que él daba importancia y estar interesados en lo que él se interesaba. Adquirir la forma de pensar de Cristo permite discernir cómo reaccionaría él en una situación dada. Por eso, de nada sirve limitarse a tener un simple conocimiento intelectual sobre él. Lo que realmente cuenta es aprender y vivir según lo aprendido, y de esta manera entender y penetrar en su personalidad, su espíritu.

Pertenecen a Cristo

Por lo general, cuando alguien se inicia en la fe cristiana, es casi inevitable que desarrolle cierta dependencia hacia las personas que le han enseñado los principios del cristianismo. Lamentablemente, esta dependencia puede llegar a ser exagerada y convertirse en un firme y decidido seguimiento hacia un líder humano o a la institución religiosa perteneciente.

La tendencia de seguir a hombres ya se conocía al principio del cristianismo. En la iglesia de Corinto algunos decían ser seguidores de Pablo, otros de Apolos, o de Pedro (1 Co 1:11-12) A estos, Pablo les dice: “Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?” (1 Co 3:4) En efecto, el seguimiento de hombres evidencia falta de espiritualidad. La inmadurez cristiana les impedía entender que tanto Pablo como Apolos eran simplemente servidores de Dios a favor de ellos (1 Co 3:5) Ellos no debían pertenecer a ningún hombre, sino solo a “Cristo” (1 Co 3:23). Para llevarlos a esa convicción, Pablo les plantea estas preguntas retóricas: “¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Co 1:13) Reflexionar sobre estas preguntas deben llevar a la conclusión de cuán errado es hacerse seguidores de hombres, aunque se trate de fieles servidores que Dios utiliza. Por supuesto, los seguidores de Jesús se sienten agradecidos a la instrucción y la ayuda amorosa que han recibido de otras personas, pero a medida que van conociendo a Cristo y toman conciencia de lo que significa para ellos, saben que pertenecen a Él, y sólo a Él, entre otras razones porque saben que Jesucristo, y sólo Jesucristo, es:

El Hijo de Dios unigénito que goza de una relación personal única con el Padre, el único que lo representa en su naturaleza y amor (Mt 3:17; 17:5; Jn 1:18; 3:16)

Nuestro Salvador, en nadie más hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo en que podamos ser salvos (Jn 12:47; He 4:12; 1 Jn 4:14; 5:11-13)

Nuestro Señor, porque sólo Él nos compró por precio, pertenecemos sólo a Él y no a los hombres (1 Co 1:10-13; 7:22-23; 8:6; 12:5; Flp 2:9-11; Ef 4:5; Ro 10:9)

El Camino vivo que nos lleva al Padre (Jn 14:6; Heb 10:20)

El Mediador entre Dios y los hombres, el único que nos reconcilia con Dios (1 Ti 2:5)

La Verdad, la Palabra encarnada de Dios y la viva representación del Padre. Fuera de Jesús no podemos conocer a Dios ni encontrar la doctrina verdadera (Jn 14:6, 9; 1:1, 17:17)

La Luz que puede iluminar nuestras vidas en un mundo sumido en tinieblas (Jn 1:9; 8:12; 12:46; 2 Co 4:6)

La Vida, quién puede rescatarnos de la muerte, porque Él es la resurrección y la vida. (Jn 1:4; 14:6; 11:25; 1 Ti 6:19)

El Buen pastor, que conoce y cuida de cada una de sus ovejas a las que llama por nombre. El pastor al que siguen sus ovejas porque conocen Su voz. (Sl 23:1; Jn 10:3-4; 14; Heb 13:20)

El Cabeza de la Iglesia, a quien se debe obediencia por encima de cualquier doctrina o directriz humana. (Mt 28:18; 1 Co 11:3; Ef 1:21-22; 5:23; Col 1:18)

Seguir a Cristo es forjar una relación de amor obediente con Él, no con ninguna agrupación de personas, y mucho menos con ningún líder humano. Como dijo un comentarista: “Todos los que se encuentran con el Jesús real de la Biblia, inmediatamente aprenden que el cristianismo está basado sobre una relación con él y no con una organización”.

Predican a Jesús

Al final del evangelio de Mateo, leemos que Jesús se acercó a los once discípulos y les dijo:

Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt 28:18-20)

Este mandato lo dio a sus 11 apóstoles, y así lo cumplieron. Sólo unos meses después, miles de nuevos discípulos se dedicaron a la enseñanza de los apóstoles (He 2:42) Estos hombres habían continuado fielmente con Jesús desde el principio de su ministerio (Jn 15:27), y por tanto podían enseñar lo que vieron y escucharon de su Maestro (2 Pe 3:2). Pero a fin de preservar la enseñanza original de Jesús se hizo necesario la redacción y preservación de lo que conocemos como los evangelios.

Los seguidores de Jesús toman los evangelios como la principal base a la hora de hacer discípulos. Al hablar del discipulado como una labor de construcción Pablo dijo: “cada uno tenga cuidado de cómo construye, porque nadie puede poner un fundamento diferente del que ya está puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3:10-11)

Mientras muchos religiosos hacen discípulos para su confesión religiosa y “enseñan una doctrina diferente y no se conforma a las sanas palabras, las de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tim 6:3), los seguidores de Jesús saben muy bien que los discípulos deben ser sólo de Jesucristo, viéndose ellos mismos sólo como servidores y colaboradores al servicio de Dios, y así lo hacen cuando se aseguran de enseñar a obedecer todo lo que Jesús mandó, destacando lo que él destacó. Porque la verdadera enseñanza cristiana consiste, no sólo en enseñar todo lo que Jesús enseñó, sino también, en repetir y enfatizar lo que Jesús repitió y enfatizó; así hasta que el nuevo discípulo crezca en su relación con él de modo que ya no necesite ayuda humana y diga como los samaritanos dijeron a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú has dicho, porque nosotros mismos le hemos oído, y sabemos que este es en verdad el Salvador del mundo” (Jn 4:42)

Hacer publicidad de Jesús es un precioso privilegio para sus seguidores, y por eso piden a Dios sabiduría para encontrar formas y lugares dónde hablar de su Señor, a la vez que se guardan de caer en la contradicción de hablar de Cristo con maneras poco cristianas. Como dijo William Barclay: "La manera de extender el Cristianismo es siendo cristianos. La manera de traer a otros a la fe cristiana es mostrarles el fruto de la vida cristiana. Jesús nos envía, no a hacer cristianos a base de discutir, y menos a base de meter miedo, sino atrayéndolos con nuestro ejemplo; viviendo de tal manera que el fruto sea tan maravilloso que otros lo quieran para sí mismos". Predicar y hacer discípulos de Cristo es divulgar sus enseñanzas de un modo que transmita su espíritu.

¿Dónde están?

Los que pertenecen a Cristo no están afiliados a ningún grupo denominado “seguidores de Jesús”, “discípulos de Jesús” o cualquier nombre parecido, sencillamente son y viven como seguidores y discípulos de Jesús. Su afiliación es espiritual y consiste en permanecer en Cristo.

Por tanto, lo que determina la localización de los verdaderos cristianos no es una determinada iglesia, comunidad o institución religiosa, sino su estrecho apego a Cristo. Igual que los sarmientos están apegados a la vid, los que son de Cristo se han adherido a él, no en una pretensión verbal, sino en un compromiso real fraguado en el corazón y manifestado en todo aspecto de la vida. Aunque confiesan a Jesús delante de los hombres (Lc 12:8), no buscan ni esperan el reconocimiento de los demás. Su principal anhelo es que el Señor les considere como uno de los suyos (2 Ti 2:19; 1 Co 8:3) Como cada una de sus fieles ovejas, cada uno de ellos le conoce y es conocido por él (Jn 10:14)

En su parábola del trigo y la mala hierba (Mt 13:24-30; 36-43), Jesús predijo la existencia de dos tipos de creyentes: los hijos del reino representados por el trigo, y los hijos del maligno representados por la mala hierba. Hay que notar que el trigo no está agrupado y separado de la cizaña, sino que ambos tipos coexisten y crecen juntos, hasta que, en el fin del mundo, Jesús dé la orden para recoger y eliminar a la mala hierba, es decir, a “todos los que pecan y hacen pecar” (Mt 13:43).

El trigo y la cizaña no coexisten en la misma proporción. A la pregunta de si son pocos los que se salvan, Jesús respondió: “estrecha es la puerta y angosto el camino que conducen a la vida, y muy pocas personas los hallan” (Mt 7:14), y “muchos tratarán de entrar y no podrán”. (Lc 13:24) Los cristianos del trigo son muy pocos comparados con los muchos que corresponden a la maleza.

Así, desde que Jesús sembró las primeras semillas, los hijos de Dios han estado creciendo como trigo genuino en medio de la maleza. No están organizados bajo una misma agrupación o denominación cristiana, sino que pueden coexistir con la mala hierba en cualquiera de las muchas agrupaciones religiosas existentes, y los hay que no están asociados con ninguna de ellas. En una misma denominación, puede haber trigo genuino y maleza, cristianos verdaderos y cristianos falsos.

¿Cómo se reconocen?

Ahora bien, si los verdaderos seguidores de Jesús son pocos y no están agrupados en una misma organización religiosa ¿Cómo se reconocen?

Continuando con la parábola del trigo y la mala hierba, en ella Jesús hace una clara distinción de dos tipos de creyentes que se desarrollan juntos. Están los hijos del maligno que se manifiestan por ser “los que pecan y hacen pecar”, y están los hijos del reino que califica de “justos” (Mt 13:38, 41, 43) Estos dos grupos aparecen en las siguientes palabras del apóstol Juan: “En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no practica la justicia, no es de Dios; tampoco aquel que no ama a su hermano. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros” (1 Jn 3:10-11) Es evidente que el estado espiritual y moral de cada creyente es lo que determina la condición de hijo de Dios o hijo del diablo; algo que se manifiesta, no por acumular conocimiento bíblico, ni por observar tradiciones religiosas, sino por dejar que el amor y la justicia dirijan la conducta diaria según lo enseñó Cristo.

Esta distinción se hace más evidente en las tres declaraciones donde Jesús mismo dice explícitamente quiénes son sus discípulos. Esta es la primera:

Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo: Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos” (Jn 8:31)

Estos a quienes Jesús se dirigió ya creían en él, pero esto por sí solo no les hacía verdaderos discípulos suyos. Hay creyentes en Jesús que pretenden ser sus discípulos, pero no lo son realmente. Para Jesús, sus verdaderos discípulos son los que se mantienen fieles a sus enseñanzas. Tan solo a modo de ejemplo, algunas de estas enseñanzas son: No matar, no adulterar, no hurtar, no dar falso testimonio, honrar a los padres, arrepentirse del pecado, practicar la justicia y el amor de Dios, ser humilde, no ir tras las riquezas, evitar todo tipo de avaricia, orar y pedir espíritu santo, ayudar a los necesitados, hacer las paces con los hermanos, perdonar, no divorciarse, reunirse en su nombre, etc., etc. (Mt 19:18; Lu 5:32; 11:42; Mt 23:11-12; Lu 16:13; Lu 12:15; Lu 11:13; Mt 21:21-22; Mt 6:1-4; Mt 5:24; Mt 6:14; Mr 10:11-12; Mt 18:20)

Estas y todas las enseñanzas de Jesús son escuchadas con sumo interés por sus seguidores con la firme voluntad de vivir conforme a ellas; pero entre todas ellas hay una especial que tiene carácter de mandato. Se trata de la segunda declaración explícita para reconocer a los discípulos de Jesús:

Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”. (Jn 13:34-35,)

A la pregunta recurrente de cómo reconocer a sus verdaderos seguidores, el Señor no puede ser más claro, son los que cumplen su principal mandamiento: los que se aman entre ellos de la manera como él amó a sus discípulos. Al decir que debían amarse “así como yo los he amado”, Jesús se presenta a sí mismo como el modelo de amor que caracteriza a los suyos, un amor que manifestó de diversas maneras, como:

- Al servir a los necesitados, como cuando les curó de enfermedades (Lc 4:40; 8:1-2), les suministró alimento (Mt 14:13-21; Mr 8:1-10) y les ayudó en su pobreza (Jn 13:29)

- Manifestando sentimientos de compasión a los que estaba sin dirección o no tenían para comer (Mr 6:30-34; 8:2), para con un leproso (Mr 1:40-42), o con una viuda al morir su único hijo (Lc 7:11-15)

- Siendo sufrido y paciente al soportar la reiterada falta de fe de sus hermanos carnales y sus discípulos (Jn 7:1-5; Mt 6:30; 8:26; 14:31), o al aguantar las frecuentes discusiones sobre quien era el mayor (Mr 9:33-34; 10:36-37; Lc 22:24)

- Siendo con ellos “apacible y humilde de corazón” (Mt 11:28-30) Sus discípulos se sentían a gusto con él porque les trataba con bondad y nunca se enseñoreó de sus seguidores; al contrario, fue humilde con ellos, como cuando les lavó los pies a los doce, incluso a quien sabía que estaba a punto de traicionarle (Jn 13:2-16)

- Perdonando de corazón, como al perdonar a los discípulos que le abandonaron (Mt 26:56), o a Pedro que le negó tres veces (Mt 26:75), o a los que participaban en su muerte, cuando dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34)

- Y finalmente, como él mismo dijo: “Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos” (Jn 15:13) Jesús dio su vida por sus amigos, como “el buen pastor que da su vida por las ovejas” (Jn 10:11) Este supremo acto de amor estuvo muy presente en sus primeros seguidores, como en Pablo que dijo: “Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Ga 2:20)

Vivir de este modo siguiendo los pasos del Señor es “la prueba del algodón” para discernir quien tiene la condición de verdadero discípulo de Jesús. No requiere estudios teológicos para entender que significa ser servicial, compasivo, paciente, apacible, humilde de corazón, dispuesto a perdonar y poner su vida por sus hermanos. En realidad, solo se trata de querer obedecer el mandamiento del Señor ¿Puede un creyente considerarse seguidor de Jesús si no observa este esencial mandamiento?

En la ilustración de la vid y los sarmientos Jesús ofrece la tercera declaración para reconocer a sus discípulos.

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer […] Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.” (Jn 15:4-5, 9-10)

Aquí Jesús se muestra como “la vid verdadera” y a sus discípulos como “los sarmientos”. Los sarmientos son ramas de la vid de donde brotan los racimos de uva, el fruto de la vid. Con esta ilustración Jesús quiere enseñar a sus discípulos la importancia de permanecer espiritualmente con él. Permanecer con él es lo mismo que permanecer en su amor y esto sucede al guardar sus mandamientos. Dice que sólo quien permanece en él da mucho fruto. El fruto es el resultado de guardar sus mandamientos. Los que guardan los mandamientos de Cristo y dejan que su espíritu dirija sus vidas, necesariamente experimentan el desarrollo y manifestación de cualidades espirituales, algo que también recibe el nombre de fruto del Espíritu y que se describe así: “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Ga 5:22-24)

Los que son de Cristo Jesús han ‘sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, teniendo por fruto la santificación’ (Ro 6:22), eso quiere decir que abandonan la vieja naturaleza y adoptan “la nueva naturaleza: la del nuevo hombre, que se va renovando a imagen de Dios” (Col 3:10), mostrando en su conducta diaria las características propias de esa renovación, y entre esas características Jesús destaca en forma de mandato la que debe reinar entre sus discípulos:

Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, así como yo os he amado. […] Esto os mando: que os améis los unos a los otros” (Jn 15:12, 17)

Una vez más y de forma explícita y reiterada, Jesús manda a sus discípulos amarse los unos a los otros, el mandamiento más relevante que aglutina a todos los demás y la base de las relaciones personales entre los cristianos verdaderos. Los que aman a sus hermanos son los que permanecen en el amor de Cristo. Es el mandato más explícito de Jesús y el que recibe más énfasis en el Nuevo Testamento: “lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5:2), “ámense de todo corazón los unos a los otros” (1 Pe 1:22), “Este es el mensaje que han oído desde el principio: que nos amemos los unos a los otros”, (1 Jn 3:11), “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos”, (1 Jn 3:16), “Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos los unos a los otros, pues así lo ha dispuesto” (1 Jn 3:23), “él nos ha dado este mandamiento: el que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4:21) [4]

Para los que pertenecen a Jesús, amar a sus hermanos es una prioridad en sus vidas, un mandato que diariamente se esmeran en cumplir con la ayuda de Dios. El amor junto con la santificación y el resto de las cualidades espirituales es el fruto que resulta de permanecer con Jesús, un fruto que cuando es abundante glorifica a Dios y da prueba de ser su discípulo: “En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así probéis que sois mis discípulos” (Jn 15:8) La gente piensa en Dios cuando ve actuar a un discípulo de Jesús, y de esta manera Dios es glorificado. No hay mayor dicha para un cristiano que su vida y conducta sirva para glorificar a Dios y mostrarse como verdadero discípulo de Jesús.

Ser un verdadero seguidor o discípulo de Jesús es bastante raro hoy día. La humanidad está cada vez más alejada de Dios. Cuando Jesús regrese, “¿encontrará todavía fe en la tierra?” (Lc 18:8) Sin embargo, todavía hay creyentes que con sinceridad de corazón están determinados a ‘conocer mejor a nuestro Señor y Salvador Jesucristo y crecer en su amor’ (2 Pe 3:18); creyentes que al guardar sus mandamientos “lo aman a pesar de no haberlo visto; y, aunque no lo ven ahora, creen en él” (Jn 14:15; 1 Pe 1:8); que al “vivir como vivió él” (1 Jn 2:6) ‘crecen en todos los aspectos de Cristo’ (Ef 4:13-15) Es a estos creyentes que mediante su “Espíritu” (Flp 1:19) Jesús acompaña “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20)

Que nuestro mayor deseo y propósito sea seguir a quien nos dice:
«Ven y sígueme»


NOTAS

[1] Mientras que en los evangelios se habla frecuentemente del seguimiento de Jesús, en el resto del N.T. no se habla de ello, a excepción de Ap 14:4; 19:14 que lo hace indirectamente. Esto se debe a que el seguimiento de Jesús tal como se expresa en los evangelios, lleva implícito el acercamiento físico.

[2] El Diccionario Expositivo de W Vine dice: El término griego discípulo (mathetes) denota a uno que sigue la enseñanza de uno… Un discípulo no es meramente uno que aprende, sino un partidario; de ahí que se les mencione como imitadores de su maestro (Jn 8:31; 15:8)

[3] La palabra griega traducida por “conocer” es ginosko. El Diccionario Expositivo de W Vine dice sobre esta palabra:
En el NT, ginosko indica frecuentemente una relación entre la persona que conoce y el objeto conocido; a este respecto, lo que es conocido es de valor e importancia para aquel que conoce, y de ahí el establecimiento de la relación, p.ej., especialmente del conocimiento de Dios (1 Co 8.3: «si alguno ama a Dios, es conocido por Él»); Gl 4.9: «siendo conocidos de Dios»; aquí el conocer sugiere aprobación y tiene el significado de «ser aprobado»; lo mismo en 2 Ti 2.19; cf. Jn 10.14, 27; Gn 18.19; Nah 1.7; la relación implicada puede involucrar disciplina correctora (Am 3.2). La misma idea de aprecio así como de conocimiento subyace a las varias afirmaciones con respecto al conocimiento de Dios y su verdad por parte de los creyentes (p.ej., Jn 8.32; 14.20,31; 17.3; Gl 4.9a; 1 Jn 2.3, 13,14; 4.6,8,16; 5.20); tal conocimiento se obtiene no por una mera actividad intelectual, sino por la operación del Espíritu Santo como consecuencia de haber recibido a Cristo. Ni tampoco está este conocimiento marcado por su finalidad (véase, p.ej., 2 P 3.18; Os 6.3).

[4] Ver también: Ro 12:9-10; Ro 13:8-10; 1 Co 14:1; 1 Co 16:14; Ef 4:16; 1 Te 4:9-10; Heb 13:1; 1 Pe 2:17; 1 Pe 3:8-9; 1 Pe 4:8; 1 Jn 2:7-11; 1 Jn 3:14; 1 Jn 4:7-8, 11, 16, 19-21; 2 Jn 1:5-6